Hay parejas que saben exactamente lo que quieren desde el primer momento. Ana y Chechu llegaron a nuestra primera reunión con una sola frase: «Queremos una boda pequeña, en un pueblo bonito, con gente de verdad». Tardamos menos de diez minutos en saber que Ayllón era su lugar.
Ayllón es uno de esos pueblos medievales de Segovia que el tiempo parece haber preservado con cuidado especial. Sus calles de piedra, su plaza porticada, el río Riaza serpenteando entre chopos centenarios… Es la Castilla más auténtica, sin artificios, sin poses.
La elegancia de lo pequeño
Ana y Chechu querían cuarenta invitados. No cincuenta, no treinta y cinco: cuarenta. Las personas que de verdad importaban en sus vidas. Y eso, en el mundo de las bodas, es un regalo para las planificadoras: cuando la lista es corta, cada decisión puede ser perfecta.
Trabajamos durante meses en cada detalle. Las flores silvestres del campo segoviano —lavanda, amapolas, tomillo— en lugar de flores de invernadero. Una mesa única para los cuarenta comensales, larga y señorial, en el patio de un caserío restaurado. Manteles de lino, velas de cera natural, cristalería de la abuela de Ana.
La filosofía de este tipo de boda rural íntima es que nada debe parecer comprado para la ocasión. Todo debe parecer encontrado, heredado, querido desde hace tiempo.
La ceremonia en la ermita
Chechu es de familia segoviana, y su familia lleva generaciones bautizándose y casándose en la misma ermita del siglo XII. La posibilidad de celebrar la ceremonia civil allí —con permiso del Ayuntamiento— fue uno de esos momentos en los que nuestro trabajo nos regala algo inesperado.
El espacio era pequeño, la luz que entraba por las ventanas románicas era dorada, y el silencio que rodeaba el momento del intercambio de votos fue el más elocuente que hemos conocido en nuestra carrera. Ana lloraba. Chechu lloraba. Sus cuarenta invitados lloraban. Y nosotras también, aunque eso está estrictamente prohibido por el reglamento interno.
La boda más larga de nuestra carrera
Las bodas rurales pequeñas tienen una característica que las distingue: nunca terminan a la hora prevista. Y con cuarenta personas que se quieren de verdad, eso es siempre buena señal.
La cena empezó a las nueve de la noche. A las cuatro de la madrugada, el último invitado todavía estaba contando historias alrededor de la hoguera que el caterer había preparado como sorpresa en el jardín. Ana y Chechu no querían que acabara. Nosotras tampoco.
Si sueñas con una boda rural en Segovia, en Castilla, en alguno de esos lugares que todavía conservan la magia de lo auténtico, cuéntanos. Llevamos más de una década buscando exactamente esos rincones.